La historia de Alex comienza
hace ya más de once años, cuando mi sobrina Marta se empeñó en tener un perro,
con el apoyo de su hermano Jorge. Ese empeñó comenzó a traducirse en ir a ver
perros, así, de vez en cuando visitabamos el Refugio de animales San Jorge a
sacarlos de paseo. Eran unas tardes entretenidas (a pesar de que a Jorge le
daban algo de miedo). Pero apareció uno que tenía el dueño de la protectora en
casa porque había sido maltratado y fueron a visitarlo. El primer encuentro
entre Alex (así se llamaba el can) y Marta fue todo un flechazo, quedó
encantada, pero el perro también. Dicen que no son las personas las que eligen
a los perros, sino que son los perros los que eligen a las personas con las que
quieren estar y estoy convencido que esto último fue este caso. Como quedó tan
prendada de él se lo dejaron una tarde a prueba, ver esa tarde en el jardín a
mis dos sobrinos utilizando al perro como almohada era la señal inequívoca de
que Alex ya no se movería de aquí.
De esa forma fue adoptado, no se sabía la edad que tenía, se puso que tenía un año, pero seguramente tenía algo más.
Alex era un perro medio
podenco, que no servía para cazar, hecho por cual seguramente lo abandonaron.
Estuvo vagabundeando durante no se sabe cuánto tiempo, sobreviviendo como
podía, pero lo peor fue que recibió maltrato por unos chavales que lo ataron,
arrastraron e incluso tenían la intención de quemarlo, aunque afortunadamente
fue salvado a tiempo, terminando en casa del dueño de la protectora.
Con esos antecedentes apareció Alex, a mí en principio no me hizo mucha gracia, hubiera preferido algún perro de los que sacábamos de paseo, como un pequeño terremoto (Pinki) o un border collie.
Principalmente Marta estaba encantada con él, lo sacaba de paseo con sus amigas, con las que también hizo buenas migas porque lo acariciaban, lo mimaban e incluso le permitían que se subiera encima. Lo llevaban por la Montaña, a tomar algo, al parque, … todo un entretenimiento para todos. En casa, tanto Marta como Jorge solían tumbarse con él en el jardín.
Y eso que Alex era un perro muy
asustadizo, convirtiéndose durante los primeros años en un gran escapista, no
se podía tener la puerta abierta o se saltaba la pared de casa sin ningún
problema y a pesar de ponerle obstáculos lo continuaba haciendo. La primera vez
que se saltó fue una tarde que vino Marta con una amiga y una perrita, de raza
labrador llamada Kira (Alex y Kira se llevaron bien toda la vida), que como se
fueron dejándolo en casa, saltó para unirse a ellos ante la sorpresa de Marta y
amiga. Por ese motivo había que tenerlo en el garaje metido cuando se tenía que
quedar solo. Antes de meterlo en el garaje se intentó que se quedara en el
lavadero, pero era imposible, arañaba las puertas o comenzaba a ladrar.
Alex no era un perro fácil,
además los miedos y traumas del pasado le acompañaron toda la vida. Recuerdo la
primera vez que entraron en casa unos chicos de la edad de los que lo maltrataron,
orinándose de miedo en medio del salón nada más verlos.
Los demás traumas los tenía a
los tiros, los petardos, los ruidos, los truenos, la música alta o los ruidos fuertes. Todo eso
era superior a él, se ponía nerviosísimo, a veces se intentaba esconder, en
otras ocasiones salía huyendo.
Desde el inicio con lo que más disfrutaba era con salir a pasear, disfrutaba olisqueando todo lo que se ponía a su paso, marcaba el territorio decenas de veces, le encantaba meterse entre la hierba o darse unas buenas carreras (tenía una forma de correr muy bonita y estilosa, cuando pasaba cerca de nosotros se le animaba y esprintaba aún más). Sin embargo, no se le podía perder de vista porque no hacía mucho caso, sobre todo si encontraba algo para comer o un animal muerto para revolcarse. También cabía la posibilidad de que apareciese con una gallina en la boca o relamiéndose por algo que había encontrado.
En esos primeros años conoció la playa, se quedaba allí casi todo el verano, haciendo compañía y disfrutando de los paseos cerca del mar, aunque a veces la liaba en el apartamento. Marta lo solía sacar de paseo con las amigas (el perro contento y Marta con una cara de felicidad que no le cabía). Marta lo colmaba de abrazos, besos y achuchones que se los siguió dando siempre, hasta el último día.Afortunadamente no daba
problemas para viajar, le encantaba meterse en el cajetín porque implicaba que
iba a ocurrir lo que más le gustaba: salir.
Alex en el 2017
Fueron innumerables los viajes
que realizó en ese cajetín entre Cáceres y Malpartida. Fue en el pueblo donde
comenzó una de las grandes labores, hacerse con el corazón de los que allí
estábamos (abuelos y yo). Poco a poco se iba quedando más tiempo en Malpar, entre
otras cosas porque podía estar en el corral, la cochera o subir al balcón en
lugar de estar metido en el garaje. A él le gustaba, entraba rapidísimo
registrando todo por si daba con algo de comida. Además, sabía que recibía algo
de goloseo, por lo cual estaba encantado. Yo también le daba algún premio,
principalmente cuando estábamos de paseo y quería que volviese a mi lado le
decía “Alex ven, toma”, en la mayoría de los casos venía como un rayo, le daba
algo de pan o una galletilla y todos contentos. Sin embargo, había otra frase
que solo utilizaba cuando era verdad o cuando me preocupaba en exceso porque lo
había perdido de vista: “Alex, mira quien viene, corre, mira quien viene”, en
ese instante se le ponían las orejas tiesas, levantaba la cabeza y buscaba con
la mirada quien venía. Porque si había otra cosa que le encantaba era tener
compañía y sentirse acompañado (cuanta más gente estuviera a su lado, que él
conociera, mejor que mejor).
En Malpartida tenía un
inconveniente, era que le gustaba deshacer las camas (lo solía hacer cuando
nadie se daba cuenta quizás como represalia por no hacerle caso, dejarlo solo o
no sacarlo). En otras ocasiones se acostaba en las camas y resultaba complicado
hacer que se bajara. Así, abuela dijo muchas veces: “Con lo bueno que es, sino
fuera porque se sube a las camas”.
En esos primeros años era todo vitalidad, algunas veces salía conmigo a correr, aguantando muchos kilómetros, sin embargo, no era del todo buena idea porque se intentaba parar de forma más o menos continua a oler, orinar, …
También realizó alguna que otra
ruta, aunque no fueron muchas porque cabía la posibilidad que se
perdiera, se asustara por algo o se negara a ir por el camino marcado.
En Malpartida dábamos paseos
sobre todo por la charca, a menudo realizaba algunas carreras por la orilla
quedando manchado de barro cuerpo y patas, porque eso sí, el agua de la charca
para beber, si acaso metía algo las patas, pero no le gustaba nada bañarse y no lo
hizo nunca. Bueno sí, una vez que salió a por un grupo de patitos (una balsa)
que iban detrás de su madre entre el limo, Alex creyendo que era hierba dio un
enorme salto para atraparlos hundiéndose en la charca y desperdigando a todos
los patos.
Alex en el 2019
Era bastante rebelde y si
encontraba comida no había nada que hacer, no atendía a razones, fueron
bastantes los pajarillos que atrapó o que encontraba muertos, como el día que
en la charca encontró una paloma muerta y salió corriendo con ella en la boca,
yo detrás de él para intentar quitársela, pero no hubo manera, atravesó la
carretera para llegar hasta la trasera de casa donde al final pude conseguirlo.
En la casa de Malpar también pasaba mucho tiempo en el balcón, era una de las palabras que entendía, era decirle: “Vamos al balcón” y subir las escaleras para que se lo abriera. Desde allí observaba la calle, se ponía hecho una furia con el paso de algunas motos, con el coche de Marcial cuando al repartir el pan tocaba el claxon, pero sobre todo con los que traían la comida a casa, a estos les tenía un odio especial porque abrían la puerta y dejaban la comida. Con el tiempo había que estar pendiente porque salía como una bala por lo que teníamos que cerrar la puerta del corral, sin embargo, en un despiste una vez enganchó a Pedro. En Cáceres se convirtió en un verdadero guardián, cuando tocaban el telefonillo o la puerta o pasaba alguna moto (sobre todo la de Correos) ladraba como un poseso.
Ese carácter rebelde no se le quitaba y eso que se intentó, lo llevaron a clase de adiestramiento canino, pero no dieron los resultados esperados (se decidió que dejara de ir porque lo pasaba mal con la adiestradora). No aprendió mucho, bueno algo sí, desde entonces tenía que ir siempre a la izquierda cuando paseamos (además tenía que ir siempre el primero) y aprendió a sentarse o tumbarse, nada más.
Seguía haciendo algunas trastadas como en la fiesta de cumpleaños de Paula (prima de Marta) en un campo tuvieron que atarlo a una silla de plástico para que no enredara por el jardín. Estaba tranquilo hasta que explotó un globo, asustándose de tal forma que salió corriendo, arrastrando la silla que quedó destrozada porque iba chocando con todo.
De esa manera fueron pasando
los años, a camino entre Cáceres y Malpartida, donde pasaba largas temporadas.
Continuaba con los mismos miedos: en temporada de caza se oían los disparos de
los cazadores, en las fiestas los petardos (sobre todo Navidad) o los fuegos
artificiales o la música, (sobre todo las verbenas), en Semana Santa la música o los ensayos previos. Todo eso eran cuestiones que le daban pavor. También lo
pasaba fatal con los truenos y las tormentas. Reaccionaba entrando en un estado de pánico, con un temblor enorme, intentando resguardarse donde
pudiera, si nos pillaba de repente en el paseo buscaba cobijo o hacer un agujero para
esconderse. Algunas veces había que engañarlo para que volviera a casa o
traerlo cogido. Por ejemplo, recuerdo un día de Año Nuevo de paseo por el
Barrueco de Abajo con Felipe, cuando se escucharon unos truenos por el pueblo,
de forma que era imposible el regreso a casa, tuve que engañarlo y darle la
vuelta al Barrueco de Arriba para conseguir que regresara a casa. Fue una buena
odisea.
En casa se resguardaba en el
cuarto de baño, entre las bicicletas, debajo de las camas con unos temblores
que daba miedo verle. A pesar de todo esto, cada vez nos hacía más compañía,
sobre todo a los abuelos, a los que le gustaba que estuviese allí. Mi padre le
daba trocitos de comida y mi madre le guardaba algunos restos. Él se tumbaba en
el salón con nosotros, al lado de la televisión hasta que nos íbamos a dormir.
En muchas ocasiones nos costaba bastante que se fuera a dormir a la cochera a
una buena cama que tenía.
En esto, llegó la pandemia y fue durante el confinamiento cuando más salió de casa, tanto Marta como Jorge lo sacaban para que hiciera sus necesidades (era una forma de poder salir de casa) muchas veces al día (lo tenían agotado).
Justo antes de la pandemia a
Alex le detectaron unos bultos cerca del pene por lo que tuvo que ser operado.
Fue el primer problema físico grave que sufría.
También en la pandemia Alex se perdió, ya lo había hecho varias veces antes al saltarse la pared, pero solía ir a una clínica veterinaria y una vez lo encontraron por la Sierrilla, pero era por poco tiempo. Sin embargo, esta vez fue bastante más, fue al escuchar un trueno en la calle, se quitó el collar y salió corriendo a toda velocidad siendo imposible seguirlo. Al pasar la noche sin saber nada, comenzamos a movilizarnos con carteles, redes sociales y buscándolo por todos los sitios. Fuimos por la Sierrilla, la Montaña, la Mina, incluso llegamos hasta Torreorgaz o Torrequemada porque podría estar por allí. Tras cinco de días sin saber nada, una noche a la una de madrugada un jugador del Cáceres de baloncesto lo lo reconoció, buscó en redes sociales y llamó a casa. Marta y mi hermana fueron a por él a la Calle París (era donde estaba), saliendo sin pensárselo a pesar de que no se podía por el toque de queda. Estaba bien salvo las almohadillas de las patas ensangrentadas y mucho cansancio. Recuerdo la llamada esa madrugada a mi casa para contarme la buena noticia que de inmediato transmití a mis padres a pesar de la hora, quedándonos todos muy contentos y tranquilos.
Tras la pandemia abuelo dejó de salir solo de paseo, tenía que ir alguien con él. En muchísimos paseos nos acompañó Alex, aunque ese paseo era poco para él, por lo que había que darle otro más largo cuando se terminaba el primero. Pasaba mucho tiempo en Malpartida, salíamos por la charca, sentándonos en las piedras, los bancos, la pared del chalet o en el banco de piedra de la entrada en el que coincidíamos entre otros con Diego Paleta, Fernando (albañil), …
También le dábamos la vuelta al cementerio (escuchando la historia de los padres misioneros que contaba mi padre) pasando por la Calleja Conejar, lugar donde nos sentábamos y nos juntábamos unos cuantos: Felipe, Antonio, Jacinto, Pepe (vecino), la Salvadora, Perales y sobre todo Fernando Cartucho y su perrita Minnie. Alex y Minnie no se llevaban mal, pero Alex siempre ha sido un perro que ha ido a lo suyo, no haciéndole demasiado caso al resto de los perros, quizás por algo que le ocurriera cuando estuvo vagabundeando. Fernando le llamaba Alexander Platz (como la famosa plaza de Berlín), lo apreciaba mucho a pesar de decir en alguna ocasión que era mala influencia para su perra.Continuaba pasando el tiempo,
Marta se fue de erasmus a Alemania, Alex seguía más o menos igual, con sus
paseos o perdiéndose (no pude asistir al acto de graduación de Marta porque se
escapó y estuve buscándolo. Esta vez se quedó cerca, en el Parque del Príncipe,
lo encontraron pronto, pero tardaron en avisarnos porque estaba mal el número
de teléfono que tenía en el collar).
Así, sin darnos cuenta Alex se
fue haciendo mayor, las enormes carreras que antes realizaba cada vez eran más
escasas, aunque continuaba esprintando cuando lo animaba al pasar a mi lado.
Seguía siendo un poco mimado y buscando el goloseo que le daban: Trini en
Cáceres y en Malpartida mis padres, Paqui y sobre todo Isabel (quien todas las
mañanas le daba el borde los sandwichs).
Cuando falleció abuelo, en enero de 2023, la situación cambió, creo que, desde entonces, descontando fines de semana o vacaciones hemos estado los dos juntos. En un principio estuvimos en Cáceres, luego abuela, Alex y yo nos fuimos a Malpartida hasta que el 1 de noviembre falleció mi madre (recuerdo en la puerta del corral ladrando a los que estaban atendiéndola, queriendo entrar).
Tras ese suceso me instalé en
casa de mi hermana, encargándome de sacarlo de paseo casi todos los días. Fue
en 2024 cuando me detectaron un tumor, el mundo se te cae encima y no sabes
cómo salir hacia delante. Hubo mucha gente que me ayudó (sobre todo la
familia), pero una gran parte de la ayuda vino de Alex. Creo que esos días era
él quien me sacaba de paseo y me ayudaba, siendo una de las razones para no
venirse abajo y seguir en la lucha. Todos estos meses nos hicimos inseparables,
íbamos a Malpartida varias veces por semana, allí lo sacaba de paseo o nos
quedábamos en casa. Por Cáceres paseábamos hacia las vías del tren pasando por el V
Centenario o el Puente Azul (nos sentábamos en las piedras a ver la puesta de
Sol o me liaba alguna como aparecer con una pata de cigüeña muerta o hacerme
perder el móvil en un mar de hierbas por salir tras él pudiéndolo recuperar por
unos ciclistas que se pararon y me hicieron una llamada). Recorríamos el Olivar
de los Frailes (sobre todo en verano, para
aprovechar la sombra de los árboles), íbamos hasta el descampado que hay antes
del Parque del Príncipe, algunas veces accedíamos a él por abajo para salir por
el Parque de los perros (muchas veces entrábamos, a Alex no le gustaba mucho
interactuar con otros perros, cuando se le acercaba alguno movía la cola y se
le ponían los pelos de punta. Sin embargo, allí se dio cuenta que los dueños de
los perros a menudo le daban algún premio a sus mascotas y eso sí que le
gustaba, siendo la principal razón para acceder al recinto). En otras ocasiones
subíamos a la Sierrilla, aunque dejamos de ir de forma asidua desde que sufrió
el ataque de un rottweiler que a punto estuvo de liquidarlo (el susto fue
enorme).
A partir de ese momento o
quizás antes, Alex comenzó a tener algunos achaques, primero fue una fuerte
reacción alérgica que hizo que le salieran unos bultos por todo el cuerpo,
luego unas heridas en el cuerpo y patas que se curaron con antibióticos, pomada
(tuvo que llevar varios días una campana, que seguramente haya sido una de las
campanas más golpeadas del mundo porque se iba chocando con todo). Más o menos
iba mejorando, aunque desde hacía tiempo algunas mañanas salía a hacer las
necesidades a la zona cercana y se volvía a casa sin querer pasear (creo que
era un síntoma que indicaba que algo ya no iba bien). Sin embargo, por las
tardes salía perfectamente y algunas mañanas más tarde también.
Como notábamos que no estaba
del todo bien y que los ganglios los tenía bastante hinchados hace unos meses
lo llevamos al hospital de la facultad de veterinaria para que lo vieran. Le
hicieron unas pruebas, confirmándose que volvía a tener otro tumor, en este
caso en el hígado, era grave, pero nos dieron esperanzas que con el tratamiento
se podía recuperar. Tardaron los resultados de las pruebas en exceso para que
se iniciara el tratamiento, veíamos que iba a peor, por lo que Marta se plantó
allí y de inmediato comenzaron a tratarle (tenía que ir allí cada dos semanas,
mientras que en casa darle pastillas y calmantes líquidos con una jeringuilla).
En las últimas semanas había
días que parecía estar más recuperado con otros que lo pasaba mal, apenas
quería salir de paseo y se pasaba el día tumbado queriendo que lo acariciaran
(lo hacías y si parabas, movía la pata delantera como queriendo decir:
continúa).
Estaba cada vez más inestable, se quejaba, hasta que el último día se volvió a caer de forma violenta. Lo volvieron a llevar a la facultad y no hubo más remedio que tomar una de las decisiones más duras, pero había que pensar en Alex y menos en nosotros porque estaba sufriendo. Así el 22 de mayo quedará marcado como el día en el Alex nos dejó para siempre.
A todos los de la familia nos
dolió mucho su pérdida, todos lo queríamos:
- Pepe lo sacaba de paseo, sobre todo los primeros años y si el perro lo veía era al primero que saludaba, lo que daba a entender el cariño que Alex también le tenía.
- Jorge disfrutó de él, sobre
todo cuando era pequeño o las temporadas en la playa. Siempre que Jorge entraba
en casa miraba a ver si estaba, quedándose un ratito con él, aunque llevara
algo de prisa o tumbándose con él.
- Marta lo cogía como si fuera un
bebé, lo colmaba de besos, abrazos y achuchones. Lo sacaba de paseo de vez en
cuando, pero eso sí, cuando veía que tenía algo era la primera que lo llevaba
al veterinario. Marta le dio muy cariño, para eso era su Alex Pachú.
- Mi hermana también lo quería mucho, le hizo mucha compañía en el Portil durante largas temporadas o en Malpartida cuando tenía que quedarse a cuidar a los abuelos. Fue la que más tuvo que “sufrir” a Alex, porque no era un perro fácil, además de escaparse o deshacer camas, también de vez en cuando orinaba o cagaba en el césped o en el garaje y había que limpiarlo. En otras ocasiones venía oliendo mal porque se había revolcado en algo y había que bañarlo. Pero a pesar del “regalito” que era Alex lo quería mucho por ser un compañero fiel e irrepetible o como le decía muchas veces “Venga Alex, venga mi campeón”, porque eso sí que lo fue, un verdadero campeón.
- ¿Y para mí? Pues fue mi compañero, mi fiel amigo, aunque también me la liaba de vez en cuando (a veces lo llamaba Marchulenis o Perkins). En el fondo nos llevábamos muy bien, nos entendíamos y él comprendía mucho de lo que yo le decía: “Ven”, “Toma”, “Tumba”, “El balcón”, “¿Nos vamos de paseo?”, “un palo”, “por ahí no”, “quieto”, “mira quien viene”, …
Te recordaré siempre con ese
andar vigoroso que tenías, con esa forma de sentarte, de tumbarte, de
enroscarte en la cama, como te ponías de contento cuando ibas a salir de paseo,
con las carreras que te pegabas, con la forma de olisquear, de pedir, … con
todo.
Alex nos dio ese amor
incondicional, ese que no se pide, ese que nos llega incluso sin merecerlo, ese
que es difícil de compensar, en definitiva un amor sincero.
No te olvidaré nunca, hasta
siempre compañero.
Te echaré de menos, te
echaremos de menos.
Ese era mi Álex, tal cual. No has podido hacer un retrato mejor. Has captado todo lo que significaba para todos y cada uno de nosotros y ahora que no está es cuando realmente tomas conciencia de todo lo que ha significado en nuestras vidas y la inmensa ayuda y compañía que nos ha brindado durante estos 11 años que ha compartido con nosotros. Ha sido mi campeón. Ahora siento mucho dolor al recordarlo, me da una pena infinita recordar sus últimas semanas , pero, por experiencia sé que el tiempo hace que se vaya mitigando y nos vayamos quedando con lo positivo y lo negativo lo enviemos a ese rincón recóndito y escondido de nuestra memoria y que de vez en cuando aflora para que no olvidemos y no nos confiemos…
ResponderEliminar