Me gusta escribir relatos cortos que no superan las 100 palabras o un poco más largos. Hacen que mi imaginación vuele y pienses en toras cosas. Algunos los presento al programa de La Ventana de la Cadena Ser dentro de la sección Relatos en cadena. Aquí van unos cuantos ejemplos.
LAS MUÑECAS
Aún juega, sin avergonzarse, con nosotras, sus muñecas son a las únicas que reconoce, las esconde por toda la casa para que no se las quitemos. Es completamente normal, somos unas desconocidas y nos mira como si fuera la primera vez que nos ve. En ese momento, mi hermana, con lágrimas en los ojos le dice: “No te preocupes mamá, encontraremos tus muñecas”.
VERANO EN EL CORRAL
A la muerta hoy también le ha arrancado la cabeza, el resto terminaron, si acaso peor, a algunas les arrancaba las alas, a otras las patas y las que salían peor paradas perdían tanto alas como patas. De esa forma, quedaba el corral con un montón de moscas mutiladas luchando en vano contra un ejército de hormigas, que aprovechaban su superioridad numérica para darse un festín. A mí me horrorizaba todo aquello, sin embargo, mi hermano observaba impasible todo ese espectáculo con una raqueta de tenis en la mano esperando que se acercara alguna avispa para estamparla contra la pared y así practicar su golpe de derecha.
BÚCAROS
Las obras del convento eran innumerables. Cuando me atreví a entrar observé los preciosos cuadros que decoraban las paredes, junto a otras obras de arte como esculturas, adornos u objetos dignos del mejor museo barroco. Al salón principal, a través de unos impolutos cristales, llegaba una tenue luz que iluminaba un enorme tapiz del Juicio Final flanqueado por dos estatuas de San Alonso Rodríguez. De ahí, pasé al imponente refectorio, en cuya mesa se acumulaban, intactos, platos, vasos, utensilios y algunos búcaros a medio comer. La sensación era que el tiempo se detuvo aquella fatídica noche previa al día de Todos los Santos.
LOS PADRES MISIONEROS
La larga cola de novicias que se estaba formando ocupaba la acera de media calle. Delante, en estricto orden jerárquico, se disponían frailes, monjes, curas, obispos y otros altos cargos eclesiásticos acompañados por representantes políticos, militares y del partido. Junto a ellos, asistían al evento un gran número de personas, algunos lo hacían por curiosidad, otros por obligación y los menos por devoción. Sin embargo, todos correspondían con un ¡Viva! a los vítores de ¡Vivan los padres misioneros! que surgían desde la muchedumbre. El acto se extendería durante horas porque había quien se detenía en exceso al pasar delante de los féretros.
LA SALIDA
Un lejano eco de clarines y cornetas resonaba levemente en mi cabeza a pesar de tenerlos justo al lado. Todos teníamos la cara de tristeza al abandonar el que había sido nuestro hogar durante tanto tiempo, no sabía decir muy bien exactamente cuánto, al igual que tampoco sabía porque íbamos acompañados por esa banda de músicos y que se estaba celebrando. Lo único cierto es que no iba a volver a ese lugar, aunque al salir me di la vuelta porque quería observar por última vez la inscripción de “El trabajo os hará libre” que figuraba en la puerta de entrada y sobre la que revoloteaban un par de cuervos.
EL FUERTE
Un lejano eco de clarines y cornetas llegaba hasta el fuerte Exin haciendo presagiar que se aventuraba un gran ataque. Desde las maltrechas murallas del antiguo castillo se veía el numeroso ejército que se estaba acumulando a las afueras comandados por indios de diferentes tribus, aunque también había animales, vehículos, incluso algunos soldados mutilados. Mientras, en el fuerte, se disponían para su defensa vaqueros, pistoleros, soldados de la II Guerra Mundial o tropas napoleónicas. Sin embargo, justo cuando iba a comenzar el ataque, una voz resonaba en la lejanía provocándome una tremenda decepción: “Venga hijo, recoge, que ya es hora de comer”.
LA SELVA
Unas decimillas de fiebre al entrar en el camerino no fueron inconvenientes para observar lo que se escondía en su interior. Un frondoso bosque aparecía ante mis ojos en todo su esplendor, con árboles que no dejaban pasar la luz, plantas de todo tipo, lianas, helechos, multitud de insectos, algunos reptiles, incluso se podía apreciar como dos cacatúas mantenían una conversación amena en unas ramas. Sin embargo, al ver a unos enanos de jardín me di cuenta que no estaba del todo preparado, por lo que tuve que regresar a la puerta de entrada para que el portero me diera otro caramelo de los suyos.
MUÑECAS
Me esparce crema solar por el cogote con gran delicadeza, sus dedos se deslizaban lentamente por la espalda, continuaban por los brazos hasta que llegaba a las muñecas, sobre las que esparcía más crema. Yo me mostraba impávida puesto que, como casi todas las veces, lo que sucedió la noche anterior había sido culpa mía, por eso era importante que mi familia no se diera cuenta de las señales.
Los siguientes dos microrrelatos superan las 100 palabras, pero no llegan a 200.
LA COLA
Un hombre algo extraño se situaba todos los días al final de la cola para la entrada al museo. Curiosamente lo hacía cuando más larga era la fila, aunque no le importaba mucho porque era bastante cordial incluso dejaba pasar a la gente amablemente. En los últimos meses repitió esa acción una y otra vez, siempre en el reguero de gente que en ocasiones llegaba a la siguiente calle, sin preocuparle que avanzara lentamente. Lo más curioso era que cuando le llegaba su turno no accedía al museo, sino que se daba media vuelta marchándose sin decir palabra. Así estuvo sin fallar ni un solo día hasta que quitamos el enorme cartel anunciador de la exposición de Tiziano que jalonaba la entrada y en el que aparecía el cuadro de Sífido en un tamaño colosal.
LA SALA DE ESPERA
Estaba en la sala de espera cuando entró el juez, abrió su carpeta azul y pasó lista. Evidentemente estábamos todos, no faltaba nadie. Los quince nos encontrábamos tensos esperando las palabras definitivas del juez, algunos más nerviosos que otros, incluso había quien intentaba aparentar una cierta tranquilidad.
Yo intenté calmarme
pensando en lo que me había llevado a estar en ese lugar, en las personas que
habían confiado en mí, en mi familia, pero sobre todo me venía a la cabeza el
esfuerzo realizado los últimos cuatro años y todos los obstáculos que había
tenido que salvar para estar allí, justo allí en ese momento.
De repente, el juez
pronunció las esperadas palabras: “En orden y a la pista”. De esa forma,
saltamos a la pista de atletismo para disputar la carrera de 3000 obstáculos
ante más de 80.000 personas. Sabía que estar en una final era una oportunidad
única en la vida que debía aprovechar.
Otro juez, en este caso el
de salida, nos colocó para comenzar la carrera. Tenía opciones de ganar, pero
al final fui tercero, no quedé descontento porque no todos los días se consigue
una medalla olímpica, aunque sea de bronce.