VIAJE A MADEIRA
Del 19 al 23 de agosto de
2019
Día
1. 19-08-19. Cáceres - Madrid – Madeira.
“Aeropuerto-hotel-hotel-Funchal”
Salimos de Cáceres de
madrugada, puesto que el vuelo era a las 8 de la mañana. Dejamos el coche y nos
fuimos a embarcar sin mayores problemas. En poco menos de tres horas llegamos a
la isla, aunque había algo más de tensión que en otras ocasiones por la
dificultad que comporta el aeropuerto.
Nos hospedamos en Funchal,
capital de Madeira que con unos 105.000 habitantes (algo más que Cáceres) se
sitúa en la parte sur de la isla. La primera impresión de esta zona es la
intervención humana tan atroz que existe, con construcciones que se extienden
todo lo que la vista abarca.
Llegamos a una hora bastante temprana (además había que retrasar el reloj una hora), sin embargo, tuvimos problemas en el hotel que teníamos previsto instalarnos inicialmente y nos cambiaron a otro que estaba justo al lado (nada relevante porque eran del mismo nivel).
Por la mañana aprovechamos
para organizar el resto de los días, había opción de alquilar un coche, pero me
gusta no solo conocer la zona, sino que me expliquen aspectos de todo lo que
visitamos, por eso cerramos varias excursiones para ver lo más interesante de
la isla sin perderse lo más importante. No tuvimos dificultades puesto que la
oferta en este sentido es bastante amplia.
Con la planificación casi
terminada, nos fuimos a comer, descansar un poco y salir a visitar la ciudad.
El centro estaba algo alejado, pero el paseo era agradable al pasar por la zona
histórica o el paseo marítimo.
La zona histórica (Zona
Vieja o casco antiguo) está compuesta por callejuelas estrechas, empedradas
y algunas puertas pintadas. Aquí se encuentra la Capilla del Cuerpo Santo
del siglo XV o algunos negocios tradicionales en una de las calles más
importantes (Calle de Santa María). Entre ellos destaca el Mercado de
Lavradores, de estilo moderno y siempre repleto de gente. Otros edificios
que destacan son el Banco de Portugal o la Catedral de Funchal
(construcción del siglo XVI, de estilo gótico-manuelino, destacando su interior
por el imponente retablo o la sillería del coro).
De ahí fuimos hacia la playa,
pasando por uno de los muchos parques que tiene la ciudad. En la zona costera,
destacan las bonitas vistas al Atlántico, sobre todo al atardecer. Allí nos
encontramos con una estupenda réplica de la nao Santa María de Cristóbal Colón,
que se realizó y construyó aquí para la Expo 98 de Lisboa. Esta nao realiza excursiones
para visitar la zona.
Llegamos hasta la entrada
al teleférico para tomar camino de vuelta por el paseo marítimo (toda una
delicia poder ver la puesta de Sol desde allí. Cenamos en uno de los muchísimos
restaurantes que existen y nos marchamos a descansar.
“Terreiro, Arreiro, Alameda, palhocas, Machico.”
Comenzamos la primera
excursión por la isla. Salíamos temprano, así que había que madrugar. Viajábamos
en microbús con gente bastante agradable. La primera parada fue en el Terrerio
de Luta, a unos 8 kms de la capital. Construido en 1927, en honor a la
Virgen María (según la historia o la leyenda en 1916, en la I Guerra Mundial,
cuando los alemanes comenzaron a bombardear Funchal con el objetivo de evitar
que la isla fuera base aliada, los lugareños rezaron a la Virgen, cesando los
ataques). Las propias cadenas que rodean el monumento se elaboraron con las
anclas de los barcos aliados hundidos en el puerto.
De allí nos fuimos al Pico do Arreiro que con 1810 metros de
altitud es el tercer punto más alto de toda la isla. De fácil acceso, tiene
unas vistas espectaculares, además de una gran variedad de senderos para poder
pasear por la zona. Sin embargo, no pudimos observar mucho el paisaje porque
estábamos por encima de la línea de nubes, eso hacía que nos sintiéramos
especiales, al poder contemplar ese mar de nubes justo debajo de nosotros (solo
lo había sentido en el Teide). Dimos una buena vuelta por esos senderos y vimos
de cerca el enorme radar que se sitúa en todo lo alto (Justo al lado hay un
buen número de establecimientos comerciales).
Continuamos la excursión para visitar un centro de reproducción de la
trucha arco iris que se ubica en el curso de un río. Lo que más me llamó la
atención no fue tanto el centro en sí, sino el entorno que lo rodeaba. Se
situaba en una zona boscosa, con árboles del tipo laurisilva que pueden llegar
a los 40 metros de altura. Un placer pasear por esta zona conocida como la Alameda
do Til.
Desde allí marcamos hasta uno de los muchos miradores de la isla para llegar a Santana, pequeña población que no llega a 8000 habitantes que se sitúa al norte de la isla. Fundada en 1550 por colonos portugueses de Braga ha mantenido sus tradiciones. Es uno de los pueblos más pintorescos y encantadores que podemos visitar. Sobre todo, llama la atención las casas tradicionales (palhocas) que son una de las imágenes típicas de la isla. Las casas son de pequeño tamaño, con techumbre de madera, normalmente de dos plantas (la baja para vivienda y la alta para almacén). Entramos en una de ellas, profusamente decorada con todo tipo de objetos tradicionales.
Otro de los atractivos de Santana son sus vistas al mar o el gran número
de jardines con los que cuenta, destacando las hortensias, que dominan por toda
la zona. Otras edificaciones, además de las palhocas, son la iglesia de San
Antonio (siglo XVII), la iglesia de Santa Ana (siglo XVII) u otras más modernas
como el Ayuntamiento o la Plaza Nueva.
Muy cerca de allí, por último, visitamos Machico, la segunda ciudad más importante de la isla, con 21.500 habitantes se considera la cuna de Madeira. A solo 30 kms de la capital, recorrimos su centro histórico. Dentro de él sobresale la iglesia Nuestra Señora de la Concepción (del siglo XV reformada en los siglos XVII y XVIII contiene elementos góticos y manuelinos, con un interior que conserva pinturas del siglo XVI y tres bonitas capillas).
La Capilla de San Roque es otra construcción destacable, se trata
de una pequeña capilla del siglo XVI con una profusa decoración a base de
azulejos azules y blancos).
Todo este centro histórico, compuesto por calles estrechas y casitas blancas,
contrasta con el mayor atractivo actual de la zona, la playa (se considera una
de las más famosas de todo Madeira).
Así, se terminó un buen tour por la zona norte de la isla. Regresamos a
madia tarde, por lo que después de descansar un poco volvimos a dar una vuelta
por el paseo marítimo para cenar por la zona centro y regresar no muy tarde.
“Girao, Ribeira,
Encumeada, Meseta, piscinas, levadas, ilheus velo de la novia, Nelson Mandela,
Crsitiano.”
El día amaneció con unas
condiciones inmejorables para realizar la actividad. Volvíamos a repetir el día
anterior y la mañana estaba planificada para realizar otra excursión, en este
caso ver el sur de la isla hasta la parte noroccidental.
Salimos temprano haciendo
la primera parada en el Cabo Girao, una de las principales atracciones
turísticas de la zona. Este acantilado es el más alto de Europa y el segundo
del mundo, con más sus 580 metros de altura. Su
mirador, con su famosa plataforma de cristal suspendida, conocida como skywalk,
te daba una sensación increíble, nada apta para quien tenga vértigo. Desde aquí
se aprecia el Océano Atlántico en su inmensidad, así como los municipios de
Cámara de Lobos o Funchal. En lo alto del Cabo se encuentra la Capilla
Nuestra Señora de Fátima, construida en 1974, que reemplazó a otro más
pequeño de los años 30 del siglo XX.
Desde allí fuimos a la localidad de Ribeira Brava, que se encuentra a solo 15 kms de Funchal, con unos 13.000 habitantes. Su nombre le viene por el río que recorre la ciudad (Río Bravo). Es una zona de costa (con una llamativa playa de arena volcánica y guijarros) y con abundante vegetación, por ello domina la agricultura como actividad principal. Aquí nos dieron tiempo para visitar la zona, aprovechamos para tomar algo y ver algunas construcciones importantes como un bonito mirador. Aunque lo que más llama la atención es la iglesia de São Benito con una pintoresca torre con tejado de azulejos blancos y azules que hace destacar al reloj. En su interior, podemos encontrar la estatua de la Virgen y un precioso “nacimiento” flamenco del siglo XVI. En definitiva, es una ciudad con una mezcla de cultura, naturaleza y descanso que hacen imprescindible su visita. Accedimos por un tunel a una zona muy bonita desde donde había unas vistas preciosas entre el mar y la montaña.
El
siguiente punto a ver era el Mirador de Encumeada, una de las zonas más
elevadas (ronda los 1000 metros), desde donde podemos divisar las costas norte
y sur de Madeira. Esta vista panorámica, de gran alcance, nos da una idea
global de la isla. Este mirador se encuentra en la cresta de la cordillera que
atraviesa el interior de Madeira. Desde aquí podemos admirar los profundos
valles de Ribeira Brava, en la costa sur de la isla, y de São Vicente, en la
costa norte. A ambos lados predomina el
color de la masa forestal que se extiende por las montañas. Hay muchos senderos
que pasan por aquí, aprovechamos el tiempo para dar un breve paseo por la zona.
Muy cerca
del mirador se encuentra la Meseta Paul de Serra, que se sitúa entre los
1300 y 1500 metros de altitud. Es la zona más llana de la isla (24 km
cuadrados), con un paisaje diferente, no hay una profusa vegetación, como el
resto de la isla, sino más bien es un páramo con formaciones herbáceas o prados
que son aprovechadas por el ganado. Debido a la altitud fue otro de los lugares
en los que volvimos a apreciar el mar de nubes.
Otro de
los atractivos de esta zona son las levadas, que forman parte del
patrimonio natural de Madeira. Se trata de un sistema de canales de riego que
llega el agua del norte al sur de la isla, puesto que en la parte septentrional
hay más precipitaciones. Para eso se construyó una gran red de 1500 km, que
recorre toda la isla, excavada entre las montañas con túneles. En Porto Moniz
se concentran varias levadas.
También
podemos ver el Fuerte de São João Baptista, réplica de una antigua
fortificación, que data de 1730. En 2000 fue restaurado con el objetivo de
conservar lo que quedaba de los antiguos muros exteriores y reutilizar la
piedra existente en este lugar para recuperar la construcción original La
fortificación se construyó para proteger a la ciudad de Porto de Moniz de los
frecuentes ataques y saqueos realizados por los piratas de la época. Sin
embargo, el fuerte desempeña ahora un papel muy diferente, actualmente alberga
el Acuario de Madeira.
Seguimos recorriendo la zona, llamando mucho la atención las Ilheus, que son formaciones rocosas, son un conjunto de islotes o pequeñas islas situadas cerca de la costa, caracterizadas por sus impresionantes estructuras geológicas. Algunas tienen aberturas como si fueran ventanas. Pudimos apreciarlas de cerca en el "Parque de estacionamiento de Ribeira da Janela", subimos por unas escaleras, para atravesar a continuación un pequeño túnel que nos sitúa a la salida en el Mirador Ilhéus da Ribeira da Janela. Desde el mirador tenemos unas vistas privilegiadas a estos característicos islotes. Por otras escaleras bajamos a la playa compuesta por grandes rocas y guijarros. Las fotos que se toman son sencillamente espectaculares.
Una vez dejamos esta formación, nos fuimos al Mirador Veau
da Novia (de los que más me gustaron). Se aprecia una cascada que cae directamente al mar y que asemeja el velo de una novia,
de ahí su nombre. También se podía apreciar el Atlántico y la costa en toda su
inmensidad.
Este fue el último lugar que visitamos, terminando una excursión bastante completa y variada, donde pudimos apreciar paisajes magníficos.
Como llegamos a una hora más temprana que el día anterior,
por la tarde volvimos a visitar Funchal, en este caso pasamos cerca del Casino,
pasamos por el monumento a Nelson Mandela (inaugurado un año antes, en
2018, representan las letras NM en vistosos colores), por el Museo de
Cristiano Ronaldo (inaugurado en 2013, alberga los trofeos más importantes
del astro portugués, en la entrada hay una estatua con el típico gesto de cuando
marcaba), volvimos a ver la Nao Santa María o apreciar la Fuerte de Santiago
(construido en el siglo XVII como defensa de los piratas, fue un centro militar
hasta que en 1992 pasó a ser un centro cultural).
Por la noche cenamos cerca del hotel en el “O Vicentino” y nos fuimos a descansar.
Día 4. 21-08-19.
“Cueva, Ponta delgada,
Beira da quinta, ReSantana, Ron”.
Volvió a salir un día
espléndido para realizar una de las últimas excursiones. En este caso
visitaríamos varios puntos de interés, comenzando por las Grutas de San Vicente.
Llegamos con bastante tiempo, porque era mejor la visita a primera hora del
día. Estas cuevas se abrieron al público en 1996, tienen una antigüedad de casi
900.000 años. Se crearon tras una erupción
volcánica en Paul da Serra. La parte exterior, expuesta a temperaturas más
bajas, se solidificó rápidamente. A su vez, la lava siguió fluyendo en su
interior, formando, a través de los gases liberados, una serie de tubos: los
«túneles volcánicos». En total son 8 túneles, con una altura entre 5 -6 metros,
que se pueden ver a lo largo de 700 metros, observando las huellas de la
actividad volcánica, estalactitas o lagos. Estas cuevas se estructuran en tres
galerías, la de mayor tamaño es el Lago dos espejos donde se pueden ver
estalactitas, bolos de lava o el bloque errante (roca que quedó dentro de los
tubos por su tamaño y su baja temperatura).
De ahí nos fuimos a Ponta Delgada, pequeño pueblo costero,
que no llega a los 2000 habitantes, con un encanto especial al mezclar el mar
con la montaña. Si se aprecia desde el acantilado en el pueblo destaca la
iglesia y las piscinas (un complejo compuesto de balneario, dos piscinas de
agua salada y solárium). La iglesia del Buen Señor Jesús es la
construcción más importante, aunque lo que más destaca es su interior,
profusamente decorado con pinturas de temática evangelística con otros motivos
naturales como animales o plantas. Toda una delicia encontrarse esta joya.
Tras disfrutar de estas vistas fuimos otra vez al pueblo de Santana
(que ya habíamos visitado anteriormente). Para mi asombro no nos enseñaron las
palhocas, puesto que esas se veían en la excursión que hicimos dos días antes
(todo está planificado). Como lo sabíamos, en el tiempo libre que nos dejaron
para comer volvimos a verlas. Aprovechamos para ver la Iglesia de Santa Ana,
del siglo XVII, de estilo barroco, sorprende la corona de su torre, su bonita
puerta tallada y el altar mayor con la imagen de Santa Ana.
Proseguimos con nuestro trayecto, deteniéndonos cerca de Faial,
desde donde pudimos volver a apreciar unas vistas excelentes de toda la costa
norte de la isla.
La última parada fue en Porto da Cruz, con su playa de arenas negras y aguas cristalinas. Aquí visitamos una destilería de ron, Engenhos do Norte (Destilería de los Molinos del Norte). Nos enseñaron todo el proceso de la elaboración, desde la recolección de caña de azúcar, fermentación y elaboración. Funciona con una máquina de vapor, lo que lo hace aún más peculiar, al igual que los alambiques de cobre. Así, nos ofrecieron una cata de los diversos tipos que se elaboran. Este ron sirve como aguardiente de base para una de las bebidas más populares de la isla, la poncha, que junto al ron tiene miel, azúcar y zumo de limón.
De esta forma se terminó la excursión, algo más cansados que otros
días. Por lo que el paseo fue bastante corto, únicamente salimos a cenar y nos
marchamos a descansar.
Día 5. 22-08-19.
“Campanario, Curral, Serrado, teleférico,
plantas, carreiros, aeropuerto”
Nos presentamos al último
día en la isla con muchas cosas por hacer. Teníamos tiempo puesto que el avión
de regreso lo teníamos a última hora de la tarde, por lo que podíamos
aprovechar muy bien el tiempo. Me levanté con un fuerte dolor de cabeza que me
condicionó un poco, pero no en exceso.
Bastante temprano realizamos
la última excursión por la isla, era una muy corta y concreta. Se trataba de ir
al Curral De Freiras. Nos montamos en un microbús que nos alarmó un poco por el
estado de los neumáticos, pero aún así fuimos. En el trayecto hicimos una
parada en el mirador de Campanario, que se ubica en el pueblo de ese
nombre y desde donde teníamos unas vistas privilegiadas del mar y de la montaña.
Desde allí se veía el pueblo de Ribeira Brava con su iglesia coronada por
azulejos azules y blancos.
Tras un corto espacio de tiempo llegamos a Curral das Freiras, pueblo de unos 2000 habitantes que se encuentra en un profundo valle. Su historia se remonta al siglo XVI, cuando las monjas se refugiaron allí para evitar el ataque de los piratas (por eso se conoce como Valle de las Monjas), ya que se puede decir que es uno de los pocos puntos que no es visible desde del mar.
Tras visitar el pueblo (debían estar de
fiesta porque sus calles estaban engalanadas), subimos al Eira do Serrado,
un mirador que se encuentra a 1095 metros de altitud, al que se accede a través
de una carretera bastante sinuosa. Sin embargo, valió bastante la pena porque
es uno de los lugares más espectaculares de la isla. Se podía observar el
pueblo, el valle y las montañas en todo su esplendor (un lugar único).
Regresamos bastante temprano de la excursión y fuimos a visitar lo que nos faltaba por ver de Funchal.
Nos montamos en el teleférico, que parte desde el centro y en poco más de 15 minutos recorre unos 4 kilómetros por encima de casas y huertas en las que sobresalen las plataneras. Nos lleva a la zona alta, a Monte.
Lo que más destaca la iglesia Nuestra Señora
de Monte (patrona de la isla) a la que se accede a través de una gran
escalinata. Llama la atención su fachada con un frontón barroco y que en su
interior están los restos del último monarca austrohúngaro, Carlos I, cuyos
restos descansan aquí desde 1922.
Esta zona está dominada por la vegetación y los jardines, entre ellos, se encuentra el Jardín Tropical Monte Palace que con más de 70000 metros cuadrados alberga una enorme variedad de plantas exóticas, así como una gran diversidad faunística. Además, ofrece unas vistas impresionantes de la ciudad y del mar.
Es en esta zona del Monte
donde podemos encontrar otro de los atractivos turísticos y símbolo de la isla:
los Carreiros do Monte. Consiste en un descenso vertiginoso por las calles
empinadas y curvadas de Funchal. Su origen se remonta al siglo XIX para hacer
más fácil la bajada a la capital. En menos de 10 minutos se recorren los
aproximadamente dos kilómetros que existen. Los carros de cesto elaborados de
madera y mimbre son dirigidos por dos carreiros vestidos con trajes típicos de
algodón, sombrero de paja y botas de suelo de goma que le sirve para frenar. Montarse
en uno de estos carros de cesto es una de las atracciones turística de la zona.
Aprovechamos para comer
por esta zona del Monte, para volver a tomar el teleférico y regresar al hotel.
Solo quedaba que nos recogieran, llevaran al aeropuerto (estuvo muy entretenida
la espera viendo la complejidad que tienen los aviones tanto para el aterrizaje
como para el despegue) y terminar el viaje.
Así, dejamos Madeira, quizás algo de nosotros se quedó allí, entre miradores, pueblecitos o acantilados. Viaje inolvidable que disfruté mucho.

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